Supongo que en el fondo, la Navidad, es una cuestión de ánimos cambiantes. A lo largo de nuestra vida, muchos de nosotros, la hemos odiado y amado a partes debidamente proporcionales.


De niños, todo es relativamente fácil, es la época de las oportunidades y se nos hace vivir una especie de cuento de una felicidad más o menos impuesta. La luces, los regalos, las figuritas del belén, el árbol de navidad, las vacaciones y las reuniones familiares hacen de la niñez toda una suerte de hedonismo potenciado a diestro y siniestro. Por supuesto no en todos los sitios las cosas suceden de igual manera y la realidad, en algunos casos, se impone de forma brutal sobre las utópicos deseos de paz y felicidad. No hay nada más abrupto e infranqueable que la vida cotidiana de los que son apartados de ese mundo ideal y profundamente comercial. Pero así es la vida, y puede resultarnos frustrante que la infelicidad de una sociedad tan hipócrita como hipnotizada ensombrezca tan ilusionantes postulados.


Hubo una época en la que odiaba la Navidad, tal y como lo demuestra mi manía compulsiva de sepultar los villancicos con canciones de Ronnie James Dio y Venom. Supongo que todo cambia cuando tienes hijos pequeños y contemplas como disfrutan en este parque temático de luces y colores típicos de estas fechas.
El cine no ha podido mantenerse al margen de estas diferentes formas de afrontar estas fechas. De hecho, es sobradamente conocida la pugna que se ha mantenido en algunos blogs entre “¡Qué bello es vivir!” y “Plácido”. Dos formas de entender el alma humana, desde el lado de Capra y desde el punto de vista de Berlanga, o lo que es lo mismo, desde el optimismo infatigable de uno y el lado ácido y práctico del otro. En la primera, se somete al protagonista a una gran prueba, en la que debe optar por un camino y, de una lección magistral, se obtiene una salida plena de luz y bonhomía. En “Plácido” también se deben de pasar toda una serie de vicisitudes, pero al final y como mal menor, las cosas siguen igual de mal que al principio y, al son de un villancico, se nos congela el espíritu navideño, porque, de la misma manera que el final de “La vaquilla”, Berlanga nos muestra que nuestra sonrisa, en el fondo, se ha cebado de una realidad cruel y pesimista. Incluso en una película familiar como “Gremlins” se tenía un lado sombrío de la Navidad, que en el relato de la protagonista adquiere tintes realmente dramáticos. Alex de la Iglesia sitúo su lucha contra el maligno en plena época de luces, estrellas y villancicos, barnizándola con cierto sentido heavy, como si fuera la antítesis del espíritu de los mismísimos Reyes Magos. En forma de film al estilo de Capra, nosotros tuvimos nuestra propia dosis de esperanza cuando Chencho se perdió en “La gran familia” y fue devuelto al seno del hogar, como corresponde en una época en la que los pequeños milagros son de obligada presencia, por lo menos en la ficción. En realidad, todos necesitamos buscar ese calor humano que desprenden las buenas intenciones y a semejanza de Jack Skellington, el protagonista de “Pesadilla antes de navidad”, buscamos la forma de acercarnos a él, aunque sea de forma fraudulenta.


En conclusión, y para que esto no parezca un estudio petulante sobre las repercusiones de las fechas navideñas, les deseo a todos que disfruten la vida durante todos estos días, tanto como si son partidarios de la misma o si, por el contrario, les parece más molesta que un alfiler en un ojo. No hay que tomarse las cosas demasiado en serio. Disfruten, coman y beban como cosacos, canten y bailen o simplemente no se impliquen. No hay nada más sagrado que las opciones libres y personales de cada uno. Ya saben lo mucho que me toca las narices ser un dominguero playero, pero intento soportarlo estoicamente, porque no hay mal que por cien años dure y, si lo analizamos fríamente, esto es nada más que una sucesión de propuestas felices para algunos y bobaliconas para otros, de regalos sinceros para unos y de consumismo desbordado para el resto de mortales. Lo dicho: ¡Disfruten lo mejor que puedan e intenten ser razonablemente felices!.